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jueves, 30 de octubre de 2008

Comienzo De La Noche (Juan Maya Avila)

Tras las montañas el mediosol derrama sangre en las nubes. Los grillos cantan, el viento sopla tibio y calmado, la tarde está terminando:

Presbítero: ¿Por qué tan profundo?
Enterrador: Así ha sido siempre, tal ves para que no intenten salirse…me imagino que al principio ha de ser extraño estar allá abajo y en completa oscuridad
P: Hace frío, ¿no podríamos esperar un poco hasta mañana?
E: Si por mí fuera, estaría tomando un café y meciéndome en mi silla, pero esto urge.
P: Yo no veo la urgencia, lo mismo da hoy que mañana.
E: Pues yo sí la veo…y la huelo, ya estás casi verde, te trajeron ya muy descompuesto, mira nomás cuanta mosca has traído.
P: Es que no me había dado cuenta, caminé durante horas por la vereda, ligero…
E: Te encontraron a lado del camino real, entre la hierba.
P: Me quedé dormido, iba camino a San Sebastián.
E: Se me hace que la nevada te alcanzó.
P: Pues yo creo que si, por eso tengo tanto frío.
E (suspirando de alivio): Ya terminé. Métete.
P: ¿Tan rápido?
E: Sí, pero no te preocupes…así es esto, algunas veces te toca arriba y otras…abajo.
P: Lo malo es que yo ya no salgo de esta. Dame un cachito de tiempo para ver por última vez el mundo.
E: ¡Carajo! No puedes meterte y ya, se está haciendo de noche.
P: Sólo un momento, quiero ver por última vez las cosas de aquí arriba.
E: ¿Pero ver qué? Si ya ni ojos tienes, se me hace que te está dando miedo, pero por más que le hagas vas a tener que meterte tarde o temprano.
P: Mejor tarde que temprano.
E: Bueno pues, aprovecha mientras descanso.

El enterrador se apoya en la pala y limpia el sudor de su frente con el antebrazo, mientras Presbítero camina alrededor de la fosa volteando hacia todos lados, algunas moscas le siguen de cerca.
Tras las montañas empiezan a dibujarse algunos truenos y el viento antes tibio y calmado, comienza a soplar con mayor fuerza:

Enterrador: Ya métete, por tu culpa me voy a mojar. Todavía tengo que tapar el agujero.
Presbítero (parándose frente a él): Bueno ya, pero tengo frío.
E: ¡Oh que la chingada! Y qué quieres que haga yo.
P: Préstame tu manta.
E: Estás loco ya viene la lluvia ¿Con qué me voy a tapar? Yo no tengo la culpa de que ni siquiera te hayan envuelto en petate.
P: No seas cabrón, es lo último que te pido. Allá abajo se ve que hace mucho frío.
E: ¡Que no, y ya métete!
P: ¡Bueno cabrón, o me la prestas o a la media noche me salgo de este pinche hoyo, voy a tu casa y te arrastro hasta aquí para que sientas el mismo frío que yo!
E: Está bueno, tu ganas…pero vas a ver, ni cruz ni lápida te voy a poner para que nadie sepa donde estás.
P: No importa, nadie sabe que me pasó esto, no creo que se lo imaginen siquiera.
E (disgustado se quita la manta y la tira a un lado de Presbítero): Ten, y ahora si ya métete.

Presbítero se agacha, recoge la manta y se la enreda de la cabeza al torso. Apoyándose en sus manos, trata de meterse al hoyo. Se escucha un golpe seco; ya está en el fondo.

Enterrador: ¿Qué haces cabrón?
Presbítero: Nada, acomodándome.
E: ¡No, de veras que tu saliste delicado! Tienes que estar boca arriba y derecho cabrón, no hecho ronchita. Así es la ley
P: ¡Uhhh que la madre!, ni siquiera decidir puedo, ¿Pues qué me queda después de muerto?
E: ¡Bueno ya! Voy a empezar a echarte la tierra encima y no quiero que grites…después me voy todo espantado. No quiero que se me pare el corazón y acabar ahí tendido como tu. Adiós.

El ruido pausado de la llovizna nueva se funde con los resoplos cansados del enterrador y de su pala que presurosamente echa la inagotable tierra al agujero.

Los grillos cantan, el viento sopla, la noche comienza.

martes, 28 de octubre de 2008

Pesadilla en Amarillo (Fredric Brown)

Se despertó cuando sonó la alarma del reloj, pero se quedó en la cama después de haberla parado, repasando cuidadosamente los planes para el asesinato que cometería esa noche.Todos los detalles habían recibido una cuidadosa atención; esto sería el repaso final. Esa noche, a las ocho y cuarenta y seis minutos, sería un hombre libre, en todos los sentidos.
Escogió ese momento de su cuadragésimo cumpleaños, porque era la hora exacta del día, o mejor dicho de la noche, en que nació. Su madre era muy aficionada a la astrología y, por eso, el momento de su nacimiento fue tan cuidadosamente registrado. Personalmente, él no era supersticioso, pero consideró halagador para su sentido del humor que su nueva vida empezara a los cuarenta años de edad, con precisión astrológica.De todos modos, el tiempo corría.
Como abogado especializado en administrar propiedades, pasaba por sus manos mucho dinero y, a veces, también parte se quedaba en ellas. Un año antes había tomado prestados cinco mil dólares y los empleó en un negocio que parecía un medio seguro de duplicar o triplicar la inversión, pero no fue así y perdió el dinero. Tomó prestado más dinero, para jugar, y de un modo o de otro recuperar la primera pérdida. Ahora debía ya más de treinta mil; el fraude apenas podría ocultarse algunos meses y no tenía ninguna esperanza de poder reemplazar el dinero perdido, dentro de ese plazo.
Se dedicó cuidadosamente a reunir todo el dinero en efectivo que le fue posible sin despertar sospechas, haciendo ajustes parciales en las cuentas encomendadas a su cuidado, y para esa misma tarde la cantidad reunida sería de másde cien mil dólares, suficiente para pasar el resto de su vida.Nunca lo atraparían. Planeó todos los detalles de su viaje, su destino, su nueva identidad y todo estaba a punto.Tuvo que trabajar en ello durante varios meses.
La decisión de matar a su esposa fue un pensamiento secundario. El motivo era simple: la odiaba. Adoptó esa decisión cuando tomó la determinación de no ir nunca a la cárcel, de matarse si alguna vez era apresado. Por consiguiente, dado que moriría de todos modos si lo atrapaban, no tenía nada que perder dejando tras de sí una esposa muerta en vez de una viva.Difícilmente pudo contener la risa al pensar en lo apropiado que había sido el regalo de cumpleaños que recibió de ella con un día de anticipación: una maleta nueva. También le habló de celebrar el cumpleaños encontrándose los dos en la ciudad, a las siete de la noche, para cenar. Estaba muy lejos de saber cuál sería la continuación de la fiesta.
Planeaba llevarla a casa a las ocho cuarenta y seis y satisfacer su sentido del destino quedando viudo en ese preciso momento. Había además una ventaja práctica en asesinarla. Si la dejaba viva, ella se imaginaría lo sucedido y sería la primera en llamar a la policía cuando notase su ausencia por la mañana. Muerta, no encontrarían el cuerpo de inmediato, pues antes pasarían quizá dos o tres días, lo que le permitiría obtener más tiempo.Las cosas marcharon sobre ruedas en la oficina; para la hora en que fue a encontrarse con su esposa, todo estaba listo. Ella se entretuvo mientras cenaban y tomaban algunas copas, y él empezó a preguntarse si llegarían a casa a las ocho cuarenta y seis.
Era ridículo, lo sabía, pero resultaba un hecho de la mayor importancia que el momento de su libertad fuese entonces y no un minuto después. Miró su reloj.Fallaría por medio minuto si esperaba hasta estar dentro de la casa. La oscuridad del pórtico era perfecta para realizar el crimen. La golpeó violentamente con la culata del arma mientras ella esperaba a que abriera la puerta. La tomó en sus manos antes de quecayera al suelo y se las arregló para sostenerla con un brazo, mientras abría la puerta y entraba.Entonces accionó el interruptor y la luz amarilla inundó el salón. Antes de que pudieran ver que su esposa estaba muerta y que él la sostenía en pie, todos los invitados a la fiesta de cumpleaños gritaron:- ¡Sorpresa!

FIN